miércoles, 1 de marzo de 2017

La laguna de Metztitlán

- ¡Qué bonito borreguito!
- Danny ¿No viste las hojas de maguey? ¡la caja de esa camioneta dice barbacoa por todas partes!
- ¡Awwwww!

Habíamos pasado toda la mañana viajando de aventón en aventón y ahora cruzábamos a pie un pueblo que parecía estar haciendo preparativos para un festejo. Los 13 kilómetros de camino que nos habían prometido hasta la laguna se habían alargado demasiado y no habíamos visto ninguna combi que nos llevara hasta nuestro destino. Aunque no habíamos visto ni de lejos el cuerpo de agua, la vegetación que rodeaba los campos de cultivo junto al pueblo indicaba que nos estábamos acercado a la ribera o por lo menos que estábamos cerca de un humedal.

Nuestra desconfianza del día anterior para tomar ride se había desvanecido a golpes de amabilidad por parte de la gente que iba y venía de las labores del campo. Sin embargo, a esa hora ya nadie iba en nuestra dirección y empezábamos a preguntarnos si llegaríamos a la laguna ese día. Justo cuando salimos del pueblo (del que nunca supimos su nombre) un taxi se estacionó enfrente de nosotros para dejar a un par de señoras que evidentemente iban a la fiesta en la que el borrego que vimos subido en la pickup era un invitado de honor.

Pasaron un par de minutos y varias curvas en la carretera antes de que pudiéramos ver el inmenso cuerpo de agua que se extendía hasta una pequeña cordillera oculta por las nubes de lluvia que nos habían estado amagando casi todo el día con un insistente chipi-chipi. Mientras bordeábamos la ribera pudimos ver que había nogales sumergidos y algunas cañas de maíz sobresalían tímidamente a unos metros de la orilla. El taxi nos dejó en un restaurante de mariscos -vaya usted a saber porque la gente ve agua, aunque sea dulce y piensa en ese tipo de comida- y se disculpó por no acercarnos más ya que el nivel del agua había crecido mucho en estos días.

Después de comer unas riquísimas tostadas de camarón y darnos una idea del tamaño de la laguna nos pusimos en marcha para ver las aves prometidas. Era época de migratorias y desde la ventana del restaurante ya habíamos podido ver algunas: cormoranes, pelícanos blancos y algunas rapaces a lo lejos. Era momento de disfrutar del sitio Ramsar que nos habían prometido el día anterior.

Pero ¿Qué es un sitio Ramsar?

Los sitios Ramsar son humedales de importancia internacional... Y un humedal es un sitio donde el agua es el principal factor que controla el ambiente, es decir, zonas de transición entre un ambiente acuático como el mar y un ambiente terrestre; y pueden ser artificiales o naturales, con agua permanente o estacional y puede o no estar sujeto a la acción de las mareas. Pa' pronto, un humedal puede ser una ciénega, un pantano, una marisma, un lago, un río, una turbera, un estuario, en embalse, un oasis, etcétera. Todas estas zonas sirven principalmente como reservas de agua pero, además ofrecen muchos más servicios ambientales, como los manglares, donde se crían la mayoría de las especies de peces que nos comemos. Ahora, para que un humedal pueda ser parte de la Convención Ramsar debe cumplir con ciertas características, entre las que están:

  • Dar refugio a especies de animales o plantas amenazados o en peligro de extinción.
  • Sustentar poblaciones animales o vegetales importantes para mantener la diversidad biológica de una región.
  • Sustentar a una población regular de 20 mil aves acuáticas o más.

Existen otros criterios pero creo que ya captaron el punto.

Y ahí estábamos, dando la vuelta a la ribera de un humedal de importancia internacional buscando aves para fotografiar. Lo primero que vimos fue un juvenil de garceta verde pescando entre las cañas de maíz. A lo largo del caminos vimos patos, aguilillas, águilas pescadoras, cormoranes, más pelícanos, las siempre presentes auras, martínez pescadores, pájaros carpinteros, cardenalillos y garzas, muchas garzas.

Desgraciadamente sólo vimos un par de especies de mariposas y algunos rastros de un tlacuache y una madriguera de un mapache en una formación rocosa, característica de la zona donde el animalito había estado llevando mazorcas de maíz y dejando las hojas a la entrada de su cueva.

Seguimos el el sendero, encaminados a una iglesia en lo alto de una roca que nos pareció pintoresca. Aunque la principal preocupación de Danny era tener registros para Naturalista, ambos estábamos maravillados por los paisajes que nos recordaban las postales suizas con sus chalecitos a la orilla de un lago. Ya habíamos dejado el cuerpo de agua principal y entrábamos a los campos de cultivo nuevamente mientras nos preguntábamos como regresar a Metztitlán antes de que cayera la noche. Justo en ese momento, una camioneta entró al camino de terracería y nos ofreció un aventón hasta el pueblo más cercano donde podríamos tomar transporte.

Mientras esperábamos por la combi en San Cristobal, nos sentamos a comer unas tortas de milanesa (las mejores de La Vega según lo que anunciaba el local) en un puesto al lado del río. El transporte tardó en pasar casi una hora y los únicos que abordamos fuimos Danny y yo. Mientras nos dirigíamos a Metztitlán empezamos a platicar sobre todo lo que habíamos visto en el día cuando el conductor de la camioneta se unió a la conversación, contándonos historias de la región, como cuando se construyó el puente y se desbordó el río.

- ¡Miren, en esas piedras hay pinturas! - Dijo el conductor mientras orillaba la camioneta y se estacionaba junto a una formación rocosa que se levantaba al borde de la camioneta junto a un sembradío de calabazas.
- ¿Nos puede esperar en lo que escalo para poder tomar fotos de las pinturas?
- ¡Claro! Ahorita ya no hay pasaje y ya voy a guardar la camioneta.

Intenté subir lo más que pude la formación de unos 20 metros y mi falta de experiencia me llevó a unos dos metros por debajo de donde estaban las pinturas, sin embargo estaba en un ángulo en el que no podía fotografiarlas y tuve que conformarme con bajar y tomar la foto desde el piso.

Al retomar camino el conductor nos invitó a una boda de un poblado cercano (para mis adentros me pregunté si sería la misma fiesta a la que el borrego había sido invitado) pero como teníamos que salir la mañana siguiente para Pachuca preferimos regresar a nuestro hotel. Cuando nos despedimos, le agradecimos al chofer toda la amabilidad que los pobladores de La vega nos habían mostrado.

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