miércoles, 22 de febrero de 2017

La Vega

Después de bajar de uno de los cerros que rodean al pueblo de Metztitlán, en Hidalgo, Danny y yo nos enfilamos directamente a un puesto de tacos que se encontraba sobre la calle principal. Llevábamos casi todo el día sin probar bocado y ya ven que el hambre es canija pero más quien la aguanta.

Algunos días antes nos había sorprendido que después de las ocho de la noche, las calles de Pachuca estuvieran casi desiertas con comercios y restaurantes cerrados, y, ahora nos sorprendía ver puestos de comida y estanquillos atendiendo ya entrada la noche y con suficiente gente como para desbancar una cenaduría en la Ciudad de México.

Entre taco y taco planeábamos como llegar a una laguna que el personal del área protegida en la que nos encontrábamos (Reserva de la Biosfera Barranca de Metztitlán), nos había recomendado visitar y al preguntarle a la señora que atendía el puesto nos recomendó hacer lo que en otros países llaman autostoping. Pedir raid, pues. Cosa que también nos recomendaron en el lugar donde nos hospedábamos. En cada caso Danny y yo volteábamos a vernos con infinita desconfianza mientras nos preguntábamos en silencio si sería buena idea.

Al día siguiente, fieles a nuestra costumbre de levantarnos tarde en vacaciones, salimos rumbo a la laguna caminando por la avenida principal hasta salir del pueblo. Lo primero que notamos fueron los extensos campos de cultivo. Algunos de ellos, sorprendentemente, estaban llenos de cañas verdes de maíz, lo cuál indicaba que ya iban por su segunda cosecha, mientras en las afueras del área protegida solo quedaban los rastrojos de las labores que no se iban a reanudar hasta el próximo año.

Mientras seguíamos avanzando tomábamos aventones cortos de las camionetas que iban y venían de las labores del campo (a esas alturas de la mañana no nos había quedado otra opción). A lo largo de la ruta, Danny se maravillaba por las aves que nos encontrábamos en el camino -al fin y al cabo para eso íbamos a la laguna- pero le desconcertaba la vegetación silvestre, particularmente los cactus columnares, que ella aseguraba, no había en el norte del país (yo seguía respondiéndole que no era cierto ya que son bastante comunes en Sonora y la Península de Baja California).

Daniela Arrocena vive en Coahuila y se refiere a su estado como el "Viejo oeste". Lo hace con la combinación de nostalgia y un poco de desprecio de aquellas personas que tienen esa necesidad de ver grandes montañas, escuchar cascadas y explorar cavernas. Este viaje le había ayudado a recordar los dos años que trabajó como guardaparque en Río Sabinas, hasta que un injusto recorte de personal hizo que regresara a radicar a Saltillo. A pesar de todo, su vocación de educadora ambiental se hizo presente durante todas las vacaciones que pasamos en Hidalgo.

Uno de los logros personales de Danny, de los cuáles se sentía particularmente orgullosa, fue el haber participado en la campaña para hacer que el nogal se convirtiera en el árbol representativo de su estado. Con esa experiencia a cuestas, no podía dejar de notar la gran cantidad de esos árboles bordeando la carretera que transitábamos. Hizo notar que, para tener ese tipo de plantaciones produciendo, la tierra de la vega debía ser particularmente productiva.

El recorrido que hicimos por la laguna requiere un relato aparte, así que sólo mencionaré que al regresar de nuestra pequeña aventura pudimos confirmar la inusual (al menos para nosotros dos) amabilidad de los habitantes de la región y su riqueza agrícola.

Ya de regreso en Metztitlán volvimos a comentar acerca de la cantidad de gente que estaba en la calle durante la noche. En ese momento, Danny comentó "Pues las tienditas están abiertas porque hay mucho chavo pisteando". Fue cuando me di cuenta que hace mucho tiempo no veía un pueblo con tanta gente joven. Tanto ella como yo habíamos visto como los jóvenes de muchos poblados preferían emigrar por falta oportunidades o, en el peor de los casos, dedicarse a actividades ilegales.

¿Qué era lo que hacía de La Vega una región tan fuera de lo común? Indudablemente, la riqueza agrícola de la zona le proporcionaba a sus pobladores sustento y hacía que el tejido social se mantuviera unido, a diferencia de otras partes de nuestro país. Pero esta productividad no podría explicarse sin la salud del ecosistema en el que se sustenta, prueba de ello era la alta biodiversidad de la que fuimos testigos durante nuestro viaje.

Justo antes de regresar a Metztitlán nos detuvimos para poder observar una formación rocosa donde había pinturas rupestres, indicio de antiguos asentamientos humanos en la zona. Al parecer, mucho antes de que hubiera agricultura, La Vega ya era un paraiso para los seres humanos.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario