miércoles, 15 de febrero de 2017

El campamento del terror

Zona de campamento de Paso de Cortés en el Parque Nacional Iztaccíhuatl-Popocatépetl


A mi como buen naturalista y fotógrafo me encanta acampar. No lo hago muy seguido, dos o tres veces por año desde hace unos siete u ocho años y me gustaría poder salir más a disfrutar de la vida al aire libre, sobre todo para poder retratarla. Tampoco me considero un campista experto pero se desenvolverme es varios ambientes y puedo arreglármelas sin problemas en campo (afortunadamente nunca me he encontrado en una situación extrema de supervivencia). Sin embargo, con todo y la poca experiencia que pueda tener hay algo que puedo asegurar: la mayoría de la gente que pretende acampar no sabe hacerlo. Y con esto me refiero a que no saben respetar la naturaleza y convivir con otras personas.

No es que pretenda que todas las personas que habitan en las grandes urbes salgan al campo y se conviertan en Bear Grylls nomás porque si, pero parece que este mismo sector de la población tiene una visión muy edulcorada de lo que es la vida silvestre y se conducen de formas que a veces me hacen preguntarme si en la ciudad serían capaces de bajarse a las vías del metro sólo para recoger una moneda.

Para ilustrar mi punto recuerdo que hace algunos años viví lo que podría considerar como la peor o al menos una de mis peores experiencias al aire libre. Las personas que estuvieron ahí todavía se refieren a ese fin de semana como "El campamento del terror".

Era la segunda o tercera vez que salía a acampar y esa vez fui como parte del programa "Empleo de Verano" al Ajusco medio para hacer labores de reforestación. Después de la capacitación rápida y las actividades fuimos a levantar el campamento y nos cubrió una lluvia leve al caer la tarde y una granizada algo intensa al anochecer. Lo anterior se cuenta fácil pero fue lo que lo convirtió en una pesadilla.

Entre una larga serie de errores recuerdo particularmente a uno de los encargados de un grupo de jóvenes empeñado en encender una fogata con la madera más mojada que pudo encontrar sin preocuparse por el equipo de personas a su cargo; a otro grupo de jóvenes mojándose y jugando en la lluvia y el granizo sin haber llevado un cambio de ropa seca (cuando yo mismo les recomendé no mojarse me respondieron que un poco de agua no les iba a hacer daño); y a los organizadores permitiendo que se instalaran tiendas de campaña en lugares que la noche anterior se habían inundado (sin mencionar que levantar el campamento tampoco fue una prioridad hasta después de haber movilizado a todas y todos los participantes a las labores de reforestación).

El resultado fue que a media noche (literalmente) los organizadores se vieron forzados emprender la retirada hacia los autobuses que nos habían traído en medio de la lluvia y las miradas de terror de varios participantes, algunos de los cuáles tenían signos de hipotermia.

En resumen: la situación de una lluvia y granizada en el Ajusco que era totalmente manejable se volvió un infierno gracias a la pésima organización y falta de previsión de las y los responsables; y un padecimiento que podríamos denominar como síndrome de la inmortalidad de las personas jóvenes.

Y gracias a estos dos factores la historia se repite.



El fin de semana pasado asistí al evento denominado "La montaña fantasma". Y lo que en años anteriores había sido una experiencia enriquecedora, se vio totalmente eclipsada por el pésimo comportamiento de algunos asistentes. Ya que, más allá de que los organizadores se vieron rebasados por la cantidad de personas que asistieron al evento (alrededor 2 mil según el Antropólogo encargado de la Zona arqueológica que se encuentra allí), la deplorable  actitud de algunos "campistas" evitó que muchos otros pudiéramos disfrutar del espectáculo que fuimos a observar.

Lo que nos lleva de vuelta al punto inicial. Pareciera que algunas personas no pueden concebir un mundo más allá del concreto y las dinámicas de la ciudad. Se lanzan a la naturaleza como si fueran a pasar la noche en un lote privado y dejan toneladas de basura a su paso que no se molestan en llevarse consigo. Desprecian la tranquilidad de los demás campistas arguyendo que están en su derecho de seguir la fiesta (sic) como si la zona fuera de su propiedad. Encienden fogatas inmensas que dejan sin vigilancia y arrancan la vegetación como recuerdo.

Cada quien tiene su forma muy particular de divertirse y disfrutar de la vida al aire libre, pero devastar los lugares por donde pasamos pensando que la naturaleza nos pertenece es lo que ha llevado a la humanidad a la crisis ambiental en la que se encuentra y esto es lo que convierte a los campamentos en verdaderas anécdotas de terror.

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